Joan
Feliu Franch
La
ciudad de Lima en el contexto de la
evolución urbanística
latinoamericana en el siglo XIX
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La evolución de la
ciudad latinoamericana, en el siglo XIX,
vino marcada por dos hitos históricos
interrelacionados. De un lado la consecución
de las independencias en las antiguas colonias
españolas, y de otro la creación
de las academias de Bellas Artes. Esta últimas
nacieron al amparo de la creación
de la Academia de Bellas Artes de San Fernando
de Madrid en 1752, e imitando a su vez a
las predecesoras de París y Roma.
Al menos a partir de entonces se comenzó
a percibir la incorporación de los
modelos ilustrados en la arquitectura y
el urbanismo, con un trabajo de diseño
más sistemático y científico.
El proceso de control académico de
la arquitectura y la necesidad de aprobar
los proyectos importantes condicionó
una producción oficializada caracterizada
por la defensa de unas formas equilibradas
y unos planteamientos estilísticos
uniformes en todo el territorio.
En la práctica, los edificios plasmaron
una estética cercana al clasicismo
romano, con cúpulas y bóvedas
tomadas del modelo del Panteón de
Roma y añadidos palladianos variados.
Pero el academicismo tuvo también
otros derroteros que anduvieron más
cercanos al gusto francés galante.
La restauración de Fernando VII después
de la guerra de la Independencia Española
supuso un atraso en todos los ámbitos
sociales y políticos, lo que se tradujo
también en el ámbito colonial,
pero estos atrasos se vieron contrarrestados
por los intelectuales y artistas que comenzaron
a pedir toda clase de libertades frente
al academicismo triunfante.
Años después, limitados o
condicionados por el control académico
y por la ambigüedad de la crítica,
los arquitectos iniciaron un rápido
camino que les llevaría al romanticismo
y al costumbrismo, en una posición
de resistencia frente al academicismo internacional
y en defensa de las raíces de lo
que se consideraba en cada lugar el prototipo
nacional. Y más tarde, una nueva
reacción llevó al Art Nouveau.
Así pues, fueron las academias y
la reacción que ellas mismas suscitaron
las que provocaron el vaivén de la
arquitectura del siglo XIX. Esto significa,
naturalmente, que fue diferente la arquitectura
en aquellos países que dispusieron
de instituciones artísticas ya formadas
desde los fines de la época colonial,
de aquellos en que la conformación
de unas instituciones nacionales fue tediosamente
lenta, hasta el punto de producirse en muchos
casos ya en la entrada del siglo XX [1].
Vayamos entonces por partes. El neoclasicismo
llegado de Europa y defendido en las academias
fue perfilando una personalidad propia derivada
de las circunstancias políticas que
rodearon la acción institucional
de estas organizaciones de control artístico,
especialmente cuando convivió con
la emancipación primero, y las independencias
después, de las naciones latinoamericanas.
El neoclasicismo academicista que en Europa
fue mesura, contención y razón,
en los ex virreinatos fue pasión
por enfatizar el americanismo, pues la mutua
gravitación entre las corrientes
europeístas e indigenistas hicieron
florecer un arte diferenciado en cada lugar. El movimiento neoclásico, impuesto
sobre todo desde el establecimiento de la
Academia de San Carlos de México
en 1785, acabó por ser medianamente
popular entre los arquitectos, pues consiguió
identificarse con los nuevos tiempos que
culminaron con la independencia nacional.
El neoclasicismo significó para muchos
países latinoamericanos el advenimiento
de la modernidad y se aferró a tales
formas a lo largo del siglo XIX como una
reacción al pasado virreinal, profundamente
barroco. La población vio en la academia
una legítima introductora de las
ideas imperantes en los países más
desarrollados. La corriente neoclásica
se impuso rápidamente porque el sector
más culto, aquel que leía
a los enciclopedistas y a otros muchos autores
prohibidos por la inquisición, fue
permeable a su influencia. Aceptar el neoclásico
era aceptar lo moderno, reacomodarse en
un presente europeo al que se anhelaba estar
ligado. Naturalmente, en la vida de las academias
hubo un antes y un después de las
independencias [2]. Tras la guerra la totalidad
de ellas entró en una lamentable
decadencia en su organización, profesorado,
producción y economía, hasta
el punto que la mayoría cerraron
y cuando volvieron a abrir en un entorno
ya republicano, los maestros españoles
se habían marchado o habían
muerto, y las inquietudes de los terratenientes
criollos y de la naciente burguesía
nacional se concentraron en la defensa de
su predominio dentro del conglomerado confuso
y anárquico que comenzaba a crecer
cargado de contradictorios problemas internos
y difíciles amenazas exteriores.
La elección de un determinado urbanismo
en el siglo XIX tras la independencia de
la mayoría de los países que
se configuraron, no se basó en un
borrón y cuenta nueva, sino que fue
una solución de continuidad en una
sociedad mestiza [3]. En mi opinión,
la ciudad americana del siglo XIX continuó
teniendo sus raíces en una tradición
cultural europea, sin embargo, poco a poco
fue denotando una marcada diferencia entre
los aspectos en los que evidenció
un recuerdo del pasado colonial y aquellos
en los que fue patente la ruptura con la
herencia de lo hispano. De hecho, este intento
de ruptura tras la independencia hizo que
el proceso de crecimiento de la ciudad fuera
entendido como una revolución artística
empeñada, de forma deliberada y dirigida
por las instituciones y los grupos intelectuales,
en interrumpir y transformar la herencia
cultural de raíz española
como paso inicial en una búsqueda
de un reconocimiento identificatorio nacional. Las naciones americanas buscaron ser una
comunidad de distintos, es decir, un país
claramente diferente de lo que hubiese sido
si hubiera continuado como una colonia española,
pero eso no significaba que fueran una tierra
de nadie, pues el proceso de diferenciación
con lo hispano necesitaba de la construcción
de una identidad, a partir, eso sí,
de una sociedad heterogénea. Y esta
identidad tenía que estar justificada
en un pasado, aunque hubiera que imaginar
bases territoriales, culturales o de intereses,
y tenía que tener una imagen de futuro.
Por todo eso el neoclasicismo de raíz
española se transmutó en un
neoclasicismo representante de la independencia.
Con la institución académica
renovada se inicia propiamente el arte latinoamericano
del siglo XIX, de arquitectura académica
y también romántica, que vendría
a morir a principios del siglo XX con la
llegada del Art Nouveau internacional. Los
maestros europeos que fueron a impartir
sus enseñanzas fundaron una escuela
académica con sólida basa
clásica y cuya producción,
muy distinta de aquella de los tiempos virreinales,
fue del gusto de la nueva sociedad en formación.
Las viviendas de la primera mitad del siglo
XIX poseían un marcado carácter
funcional y racionalista heredero del neoclasicismo
y el academicismo que, en líneas
generales, continuaron vigentes durante
todo el siglo. No obstante, la sencillez
decorativa sintetizada en finas molduras
en las puertas y ventanas iba a experimentar
un proceso de enriquecimiento decorativo
en el que las fachadas comenzaron a incorporar
decoraciones de meandros y zarcillos de
acantos de atemperada simetría, telas
festoneadas, lambrequines, cestos y ramos,
laureas, hojas de vid, listeles y menudismos
foliares, palmetas, conchas y hojas de cardo,
derivadas casi todas de las decoraciones
pompellanas que se difundían en catálogos
como los de Pergolesi, Pierre Lavalle o
J. B. Reveillon. El romanticismo arquitectónico
se tradujo en una mirada vuelta hacia los
estilos del pasado, una mirada que muy pronto
se convertiría en un simple vistazo
a unos repertorios formales a los que el
arquitecto podía acudir en defensa
de una estética personal. Se iniciaba
así un camino cuesta abajo desde
los historicismos hacia el más puro
eclecticismo.
Las reformas urbanas se consolidaron y
dieron lugar a una oferta constructiva importante.
A su vez, también la técnica
de la construcción se perfeccionó
y, como consecuencia, la defensa de una
arquitectura tradicional entró en
una crisis casi permanente aunque nunca
definitiva. El esfuerzo por mantener cohesionadas
las diferentes experiencias arquitectónicas
dentro de un marco historicista con predominio
del neobarroco francés de fue agotando
no sin dejar excelentes testimonios en forma
de palacetes con mansardas y buhardillas,
y los arquitectos comenzaron a aceptar nuevas
posibilidades a partir de nuevas contingencias
de estilos diferentes en defensa de la propia
libertad de escoger las formas que se querían
desarrollar. Poco a poco el eclecticismo más
variopinto comenzó a convivir con
el neobarroco francés, y las reformas
urbanísticas, inspiradas en el ensanche
parisino, plagaron de palacetes las nuevas
avenidas. Estas construcciones afrancesadas permitieron
la decoración de algún detalle
de otro estilo que significaba la firma
del arquitecto. Del historicismo se había
pasado al eclecticismo. El eclecticismo
podía contemplar las innovaciones
de tipo técnico en la construcción
y era una bofetada al academicismo, pero
no consistía más que la utilización
libre de estéticas reconocidas en
el pasado. En todas las ciudades comenzaron a levantarse
edificios utilizando nuevas tecnologías
constructivas que luego se enmascaraban
con decoraciones derivadas de un repertorio
historicista, con predominio de una opción,
fundamentalmente la francesa, pero siempre
acompañadas de otras. Y poco a poco, en la arquitectura de las
grandes ciudades fue teniendo presencia,
entre el estilo francés del segundo
imperio, ciertos detalles neoárabes,
neogóticos, y por qué no decirlo
del Art Nouveau Internacional.
No debemos creer que las particularidades
de la arquitectura americana en general,
se constituyeron como un hecho aislado,
pues los contactos internacionales fueron
indiscutibles. Se conocían los movimientos
artísticos europeos, eran fuente
de inspiración, y los intercambios
fueron intensos y numerosos. El Art Nouveau
avanzó de forma clara en la recuperación
de las artesanías aplicadas a la
construcción, particularmente la
forja y la cerámica. Así,
si bien el Art Nouveau comenzó llegando
a las casas en forma de pequeños
objetos ornamentales y funcionales, muy
pronto lo hizo también como un nuevo
sistema ornamental de la arquitectura, más
adecuado a la tecnología del hierro
y el cristal. Aquí llegó el
Art Nouveau, el Jugendstil y la Secesión
Vienesa, y aunque triunfó el primero,
especialmente por la tradicional vinculación
con el gusto francés, la mezcla de
estas tendencias también se produjo,
hasta el punto de crear un peculiar estilo. Así pues, el Art Nouveau de Bélgica
y Francia prevaleció sobre los posteriores
Secesión Vienesa y la Escuela de
Glasgow, pero lo que para la arquitectura
interesaba es que, considerados todas las
tendencias en conjunto, todas tenían
un denominador común de ruptura,
renovación y libertad respecto al
pasado. Era la arquitectura de la diferencia. Sin embargo, esta diferencia se diluyó
pronto en las manos de los propios arquitectos
que la defendían. Fue pasando a ser
únicamente un repertorio formal más,
y aunque con una fuerte presencia, comenzó
a mezclarse con los historicismos de tradición
romántica, con una visión
tradicionalista de la arquitectura, aunque
esto no signifique para nada una falta de
calidad. Así pues el Art Nouveau no fue una
revolución contra los historicismos
siempre, lo fue sólo en un principio,
luego fue un catálogo decorativo
al que se podía recurrir en la locura
ecléctica de la gran ciudad. No obstante, el modernismo, como se le
llama en España, manifestó
siempre un deseo de modernidad y de afirmación
de los valores autóctonos, es decir,
de cosmopolitismo y de defensa de la tradición,
y es curiosamente de esta contradicción
de la que nació su originalidad.
En su éxito en Latinoamérica
también tuvo que ver la sintonía
con los últimos modelos europeos,
desde los diseños de César
Daly a los repertorios de Viollet Le Duc,
desde los diseños ingleses, especialmente
a partir de 1894, a las novedades francesas,
sobre todo desde 1900.
En el proceso de integración de
la arquitectura latinoamericana con las
vanguardias internacionales tuvieron también
gran importancia la difusión de materiales
escritos, revistas, catálogos, grabados
(sobre todo franceses), etc. En el modernismo sudamericano, referenciado
en la literatura en la obra de Rubén
Darío, el espíritu cosmopolita
y el indigenismo fueron de la mano y se
convirtieron en una manifestación
cultural de deseos paralelos a los europeos.
Los arquitectos y los industriales se esforzaron
por encontrar lazos lógicos entre
las nuevas técnicas productivas de
materiales de construcción y el diseño
de éstos con una utilización
justificada y funcional de la ornamentación [4]. Pero, en realidad el modernismo nunca dejó
de ser un eclecticismo opuesto al eclecticismo
convencional. En esta arquitectura se puede
llegar a entrever la influencia de la escuela
ecléctica alemana, popularizada en
España a través de la obra
de Doménech i Montaner y Vilaseca,
así como también la estética
francesa, a partir de una interpretación
absolutamente ecléctica de Viollet
Le Duc, sin olvidar la presencia de César
Daly y sus modelos más funcionales,
la difusión de la Revue Generale
de l’architecture et des travaux publics,
o la decisiva Exposición de París
de 1878, que permitió acceder a multitud
de catálogos.
A partir de 1894, la obra de Alexandre
de Riquer en España, y la difusión
de la revista The Studio en América
acercaron la arquitectura a cierta tendencia
a la inglesa, al esteticismo y al dominio
romántico de las Arts and Grafs.
Y a en torno a 1900, el eclecticismo creativo
manifestó su influencia directa del
Art Nouveau europeo que llegaba directamente
desde Francia. Pero el eclecticismo que
fue el modernismo no se detuvo ahí,
e incorporó también la influencia
de las artes decorativas japonesas y la
gran difusión de modelos franceses
que supuso la Exposición Internacional
de París de 1900. Tras esta exposición internacional
París fue vista como paradigma de
la modernidad, y la llegada a América
de revistas francesas sobre técnica,
arquitectura, moda y decoración se
amplió de forma importante. La propia
Revue Technique de l’Exposition se
encontraba en todas partes. Sin duda, la utilización de todos
estos repertorios hizo que la mezcolanza
en la arquitectura se realizara de forma
vertiginosa. Muchos arquitectos continuaron
realizando obras que unían gustos
neobarrocos, segundo imperio o incluso indigenistas,
mientras, al mismo tiempo, ellos mismos
creaban otras que aparentemente se revelaban
contra esta inercia sin que por ello se
tratara de un viaje sin retorno. De hecho,
la mayoría de los arquitectos combinó
el eclecticismo con el nuevo estilo modernista
que nacía de la propia repulsión
hacia esta repetición ornamental,
y consiguieron que el Art Nouveau terminara
siendo un repertorio más a reinterpretar
y mezclar, creando un nuevo eclecticismo. Contrariamente a lo que se suele pensar,
esta variedad de estilos salidos de un mismo
estudio de arquitectura no era consecuencia
de un estado de incertidumbre, sino una
elección deliberada de los arquitectos,
concebida no tanto como una peculiar manera
de reivindicar la libertad del artista,
sino más bien como una forma de complacer
a los clientes, y aunque se impuso en contra
de la opinión de las academias, no
pasó de ser el resultado de una combinación
de elementos ornamentales carentes de significación
en la mayoría de los casos, donde
los estilos no eran más que repertorios
de los que echar mano. En América, olvidada ya la definitiva
salida de los españoles, a las ciudades
les quedó el dilema de norteamericanizarse
o reafirmarse en su carácter hispánico
o, más en general, latino. Así
frente a lo moderno de la América
anglosajona se planteó lo modernista
de la América latina, convirtiendo
lo moderno en un manierismo. Si se relee
a Rubén Darío, se encontrará
ese mismo preciosismo, el exotismo, la alusión
a los mundos desaparecidos, desde la edad
media caballeresca a los emperadores incas
y aztecas, etc. En cualquier caso el nuevo
estilo se constituyó como una línea
divisoria entre lo anticuado y lo actualizado. Con el modernismo se fue finiquitando la
insubordinación cultural que se había
ejercido contra España y todo lo
hispánico. Se buscó una estética
innovadora, parisina pero con un sustrato
español, antianglosajona y manifiestamente
industrial.
Veamos ahora, como se traduce esta evolución
en el urbanismo de una ciudad como Lima.
Lima, como buena parte de las grandes ciudades
de América Latina, a partir de los
correspondientes procesos externos de globalización
e internos de estabilización socioeconómica
y política, ha sufrido un rápido
proceso de asentamiento poblacional en los
cerros cercanos.La realidad actual de Lima responde a un
espacio geográfico que presenta una
serie de problemáticas territoriales
de difícil solución, desde
las derivadas del deterioro medioambiental,
los rápidos y drásticos cambios
en las dinámicas demográficas
y sociales, hasta las comprobadas fragilidades
económicas y productivas; y todo
ello con una presencia amenazante de catástrofes
naturales. En Lima, la situación que se derivaría
de los condicionantes anteriores, se ve
agravada por la ausencia, provocada por
la rapidez de su evolución urbanística,
de procesos de redifinición funcional
de los distritos, donde la población
se enfrenta a retos muy distintos y a los
desafíos de un mundo cada vez más
interrelacionado e inmerso en importantes
procesos de cambio.
El Centro Histórico de Lima es Patrimonio
Cultural de la Humanidad desde el año
1991, por ser un ejemplo sobresaliente de
un conjunto o paisaje arquitectónico
que ilustra episodios significativos para
la historia de la humanidad. Esta ciudad
es como un ser humano que se sintió
bello, y ahora no está teniendo un
buen envejecer. Y no hay dinero para cirugías
estéticas. (Imagen 1. Plaza de Armas
de Lima)
Lima está ubicada en las riberas
del río Rímac y bañada
por las aguas del Óceano Pacífico.
La zona donde hoy está la ciudad
fue habitada desde las culturas preincaicas
como Chavín, Maranga y Huari. Los
incas la incluyeron en su red de caminos
que atravesaban el vasto Imperio. El 18 de enero del año 1535, Francisco
Pizarro, luego de intentar fundar la capital
del Perú en Jauja y Sangallán,
fundó la ciudad de Lima en una ceremonia
sencilla, rodeado de sus soldados, esclavos
y algunos curiosos, llamándola “Ciudad
de los Reyes”, nombre que sucumbió
al nombre nativo de la ciudad, “Rímac”
(que significa Río Hablador), el
cual terminó por convertirse en “Lima” [5]. Lo que nos interesa aquí es que
la ciudad respondía a la típica
formación en damero renacentista,
que los españoles impusieron en América.
En un inicio, la ciudad abarcaba un total
de 177 manzanas (4 solares por cada una
de ellas). Todas las casas estaban ubicadas
tomando como punto central la Plaza Mayor.
Las manzanas eran de 100 por 100 metros,
las calles de 10 metros de ancho y las casas
de dos pisos de altura que no pasaban de
los 10 metros de alto. Merece una atención especial la
génesis de las murallas de Lima,
tremendamente precipitada. Su construcción,
entre 1684 y 1687, se debió sobretodo
al temor de los saqueos, personalizados
en el inglés Francis Drake, que en
1579 atacó sorpresivamente la escuadra
española en el puerto del Callao,
llevándose una nave cargada de plata
y cortando las amarras de otras once. La
imagen de una Lima virreinal rica, más
o menos real, y la constatación de
los continuos embarques de plata del Potosí,
crearon una polémica sobre cual sería
la mejor defensa de la ciudad, polémica
acrecentada por las noticias de saqueos
en el puerto de Veracruz en México
y la presencia de piratas en las costas
chilenas. Aunque la construcción fue rápida,
la polémica era vieja. A diferencia
de lo que pasó en otros lugares de
la América española, las obras
arquitectónicas defensivas del siglo
xvi en Lima, no eran de gran calidad, hasta
el punto de que la ciudad y su puerto sólo
eran definidas como plazas muradas o cerradas
pero no fortificadas [6]. En 1580, durante
el gobierno del virrey Martín Enríquez
de Almansa, la Corona mostró ya su
preocupación por la indefensión
de Lima; en 1602 se tiene constancia de
los informes de Pedro Ozores de Ulloa al
virrey Luís de Velasco en favor de
realizar un trincherón que rodeara
la ciudad; en 1615 Juan de Belveder propuso
levantar una ciudadela en el barrio de San
Lázaro; y Juan Arias Tarragona, en
1617, intentó levantar un proyecto
de amurallamiento por orden del Consejo
de Indias [7]. Sin embargo, nada se llevó
a la práctica. Las amenazas constantes de barcos holandeses
desataron un malestar entre la población,
pero las solicitudes de Diego Álvarez
de Paz, Provincial de la Compañía
de Jesús, del virrey Francisco Borja
y Aragón, el cabildo eclesiástico
y todas las órdenes religiosas de
Lima, no sirvieron para que los proyectos
se ejecutaran. Finalmente, en 1623, la Corona expidió
una Cédula al virrey Diego Fernández
de Córdoba para trazar la fortificación
sin tocar fondos públicos, por lo
que el marqués de Guadalcázar
convocó a 27 personalidades, entre
las que se encontraban el ingeniero Rodrigo
Montero de Uduarte y Juan Martínez
de Arrona, obrero mayor de la catedral.
Sin embargo, la falta de monetario público
hizo que el proyecto no llegase más
allá de la excavación de trincheras
y reductos para acomodar piezas de artillería,
más la orden de Cristóbal
de Espinosa en 1626 para armar con artillería
los conventos de la Merced, San Agustín,
Santo Domingo, San Francisco y la Compañía
de Jesús, y así defender la
plaza Mayor [8]. Las murallas se levantaron durante el gobierno
del duque de la Palata, el virrey Melchor
de Navarra y Rocafúl, y encerraron
la ciudad por tres de sus cuatro costados,
dejando como protección natral el
cauce del río Rimac. El trazado,
a pesar que los muros alcanzaban entre cinco
y seis metros de alto por unos cinco de
ancho, y estaban reforzados por un total
de treinta y cuatro baluartes que, dicho
sea de paso, arrasaron gran parte de las
wakas (restos arqueológicos, normalmente
pirámides de adobe) de la ciudad,
respondía más a una cuestión
de límites urbanos que a la atención
de resolver las necesidades defensivas.
El proyecto fue obra del ingeniero español
Luís Venegas Osorio, luego reformado
por el cosmógrafo mayor del Reino,
el jesuita holandés Juan Ramón
Coninck, y el alarife Manuel de Escobar.
Aunque en las trazas primeras se planificaron
cinco puertas de acceso, finalmente fueron
seis las que se abrieron, funcionando como
tales hasta 1870 en que el gobierno de Balta
ordenará su derribo.
De 1685 y 1687 respectivamente conocemos
sendos grabados de fray Pedro Nolasco, realizados
por disposición del virrey (Imagen
2). El segundo, con ciertos aditamentos
fue reproducido también en 1688 por
Echave y Assú en La Estrella de Lima
convertida en sol sobre sus tres coronas,
con un grabado del holandés Joseph
Malder, y en la publicación del Voyage
histrique del’Amerique meridionale
fait par ordre du Roy d’Espagne de
Jorge Juan y Antonio de Ulloa, de 1748 (Imagen
3)[9].
Fue tal vez la construcción más
recia de Lima, y sólo la mano humana
pudo acabar con ellas, pues resistieron
con bastante fortuna el terremoto que sacudió
la ciudad el mismo año de finalización
de las obras, en 1687, y especialmente el
ruinoso temblor de 1746 que destruyó
gran parte de la ciudad y provocó
un maremoto que borró del mapa el
puerto del Callao. La desaparición de las murallas,
en parte subvencionada por el contrato Dreyfus
que dio a esta firma francesa todas las
concesiones de obras de desarrollo de la
ciudad (un deseo de modernidad que se convirtió
en una imitación de la arquitectura
francesa, aquello que el viajero francés
Wiener llamó europeización
de Lima, aunque las obras estuvieron a cargo
del empresario norteamericano Enrique Meiggs)[10]
permitió el crecimiento de la ciudad
hacia el oeste, es decir, hacia el mar,
y la construcción de amplios bulevares
afrancesados que ocupan hoy el terreno de
la muralla, como es el caso de las avenidas
Alfonso Ugarte o Grau, bajo la cual, la
construcción de unas vías
subterráneas está permitiendo
constatar el recorrido de la fortificación.
De todas las murallas, hoy en día,
sólo se puede disfrutar de forma
comprensible para el espectador, en el llamado
Parque de la Muralla, intervención
realizada junto al cauce del río
Rímac, y por tanto, refleja los restos
de una construcción amurallada de
cerramiento. (Imagen 4).
En Lima, hasta mediados del siglo XIX se
mantuvieron los esquemas de modernidad neoclásica
de los que hablábamos, y que tuvieron
su ejemplo más paradigmático
en la construcción de la penitenciaría
entre 1856 y 1862, proyecto del arquitecto
Mimey, obra a la que siguió cuatro
años después el Hospital 2
de Mayo, o el Mercado Central (1852-1855).
Y en la misma línea de búsqueda
de modernidad hay que enmarcar la instalación
del alumbrado de gas y el sistema de agua
y desagüe para el centro de la ciudad.
Con la llegada de la segunda mitad del siglo
XIX, ejemplificada en Lima con el gobierno
de José Balta (1868-1872) el romanticismo
comienza a predominar sobre el academicismo,
y el deseo de modernidad se convierte en
una imitación de la arquitectura
francesa, aquello que el viajero francés
Wiener llamó europeización
de Lima.Las reformas urbanas se consolidaron
y dieron lugar a una oferta constructiva
importante. Fue el tiempo del derribo de
las murallas de Lima (1870) a cargo del
empresario norteamericano Enrique Meiggs,
y sus consiguientes aberturas en grandes
avenidas hacia el mar, de la construcción
del parque y palacio de la Exposición,
o de la instalación del tranvía
de sangre.Poco a poco el eclecticismo
más variopinto comenzó a convivir
con el neobarroco francés, aunque
Lima conocerá un periodo de auge
de este historicismo con el segundo gobierno
de Nicolás de Piérola y con
las reformas urbanísticas de 1895
que se inspiraron en el propio ensanche
parisino, y que plagaron de palacetes por
las nuevas avenidas Brasil, Paseo Colón,
y la avenida La Colmena, o las plazas Bolognesi,
Dos de Mayo o Unión.
Estas construcciones afrancesadas permitieron
la decoración de algún detalle
de otro estilo que significaba la firma
del arquitecto, pero el predominio galo
continuó siendo evidente. Lima perdió entonces, especialmente
en la etapa siguiente a la invasión
de 1883, la organización tradicional
del espacio, con manzanas de 100 por 100
metros, calles de 10 metros de ancho y casas
de dos pisos de altura que no pasaban de
los 10 metros de alto, y pasó a copiar
el París del Barón Haussmann,
con plazas circulares con esculturas conmemorativas,
amplios bulevares arbolados y techados de
mansardas. El positivismo que había lanzado
intelectuales a la defensa de la tradición,
defendía en la arquitectura una idea
del progreso que, si bien miraba con recelo
el mundo anglosajón, admiraba a Francia
sobremanera. Naturalmente, también
el discurso higienista colaboró en
la empresa de esta gran reforma urbanística.
En todas las ciudades comenzaron a levantarse
edificios utilizando nuevas tecnologías
constructivas que luego se enmascaraban
con decoraciones derivadas de un repertorio
historicista, con predominio de una opción,
fundamentalmente la francesa, pero siempre
acompañadas de otras. Son un claro
ejemplo el Banco del Perú y Londres
(1905) que emplea hierro y cristal; y el
Teatro Polietama de Juan Pardo (1909) de
concreto armado, consecuencia de la prohibición,
desde 1890, promovida por el higienista
Santiago Basurto, de la utilización
del adobe y la quincha en favor del ladrillo
y el hormigón. (Imagen
5. Construcción en adobe y quincha
en la Casa Punchauca, Carabayllo).
Poco a poco, en la arquitectura de las grandes
ciudades fue teniendo presencia, entre el
estilo francés del segundo imperio,
ciertos detalles historicistas, y por qué
no decirlo, del Art Nouveau Internacional.
El palacete del Museo De Osma de Barranco
es un claro ejemplo. Entre la más
exquisita arquitectura afrancesada, de incorporaron
decoraciones murales en los techos que respondían
a la modernidad del Art Nouveau (Imagen
6. Museo de Osma, Barranco).El
problema del afrancesamiento de la arquitectura
y el arte en general en el Perú de
finales del siglo XIX fue que, partiendo
del hecho de que la creación artística
fue más un juego colectivo que individual,
y que por eso tenía que estar jerarquizada
e institucionalizada, y de que desde estas
mismas instituciones se trató de
mantener y potenciar los modelos que la
cultura independentista requería,
estos modelos no fueron sentidos como propios,
generados por la propia cultura. En este
sentido, el modelo cultural que se defendió
con la creación de un determinado
producto artístico no fue más
que la visualización o concienciación
del modo de ser que quería identificarse
con un país, aunque dejando de lado
la cultura tradicional. Sólo importaba
que las naciones fueran diferentes unas
de otras y distintas de España, y
especialmente que fueran además modernas,
estar al nivel del siglo [11].
En cualquier caso el nuevo estilo se debía
convertir en una línea divisoria
entre lo anticuado y lo actualizado, y fue
sólo continuidad afrancesada. Como
hemos dicho, las innovaciones arquitectónicas
de Lima cesaron con la guerra y la crisis
consiguiente, y el gobierno de Balta dejó
obras de gran audacia, como lo fue la Exposición [12],
pero continuó con un afán
demoledor, como con los balcones cajón
tallados (incluso hubo una ordenanza que
impedía reedificarlos) o los extensos
patios de las casonas [13]. El historiador
peruano Riva-Agüero lamentaría
de que
para apreciar el ambiente limeño,
en lo que tiene de singular y característico,
y la especie y eficacia de sus influjos,
no se ha de pensar en la ciudad moderna,
materialmente crecida pero espiritualmente
mermada, depuesta de la supremacía
originaria sobre el suroeste americano,
a punto de perder su sello propio, olvidadas
las costumbres regionales, desfigurada por
edificios extranjerizos y bastardos [14].
Riva-Agüero defendió entonces
la importancia de lo étnico y lo
atávico “pues no basta que
un elemento desagrade a muchos de nuestros
compañeros para que su realidad y
trascendencia desaparezcan o se callen” [15]
y posteriormente lo español: “Los
de América española, por muy
mezclados que estén entre nosotros
las razas, somos latinos” [16] “Nuestra
constelación cultural hispánica
que o tiene porque ser tributaria ni tampoco
antagónica de nadie sino en todo
paralela a la que componen los anglosajones
por ejemplo” [17]. En tercer lugar
defendió la vuelta a la religión
como aglutinante social: “Y además
de ser nosotros latinos por la civilización
y el idioma, somos católicos, que
es una redoblada y superior manera de latinidad” [18].
Por último defenderá la unión
cultural de los americanos y los latinos,
lejanas ya las épocas de configuración
del país: “encerradas casi
todas las naciones hispanoamericanas en
la angustiada obra de la fusión de
sus elementos internos, apenas han dispuesto
de serenidad y tiempo para mirar más
allá de sus inmediatas fronteras,
y trabajar con perseverancia en aquella
confederación espiritual, en aquel
acercamiento positivo y serio entre los
miembros de una familia, a la que la comunidad
de raza las llama y las obliga. Pero a medida
que vayan asentándose definitivamente,
tienen que acercarse más a otras
por irresistible ley de las cosas, y que
agruparse en derredor del centro a que las
llevan los sentimientos y la tradición,
en derredor de la madre venerada” [19].
Sin embargo la traducción
arquitectónica de sus teorías
tardaría en llegar. Habría
que esperar a la celebración del
centenario de la independencia, en 1921,
con el gobierno de Augusto B. Leguía
(periodo que derivó en la dictadura
y que se conoce como oncenio, desde 1919
hasta 1930). El gobierno de Leguía
defendió el concepto de patria nueva
basado en un nacionalismo de matices prehispánicos
en la línea de Riva-Agüero,
pero por otro lado defendió la tradicional
idea de modernidad, esta vez no mirando
a Francia, sino a Estados Unidos, los grandes
inversores del momento. Fue entonces cuando
se construyó la plaza de San Martín,
con la curiosa aparición de una llama
animal sobre el casco de la alegoría
de la libertad, en lugar de una llama votiva;
también se planificaron grandes vías
de ensanche, como la Leguía, actual
Arequipa o la del Progreso, actual Venezuela;
y por supuesto llegaron los modelos norteamericanos
en forma de grandes edificios de hormigón
armado como el Gildemeister (1929) en el
centro de la ciudad, y las casas retranqueadas
a modo de chalet construidas mayoritariamente
por las compañías Fred T.
Ley y The Fundation Company, siguiendo los
modelos de las revistas Variedades y Ciudad
y Campo [20]. (Imagen
7. Vista aérea de Miraflores)
Tras Riva-Agüero se sumarían
por fin, y aunque de forma poco concreta,
las reflexiones arquitectónicas en
favor de la tradición peruana combinada
con las vanguardias europeas de Héctor
Velarde (formado en Francia y Suiza) y Emilio
Hart-Terré (el primer arquitecto
de formación netamente peruana).
Con ellos nacerán los historicismos
peruanistas que traducen a la arquitectura
las teorías antes mencionadas. La
variante más extendida será
la de la arquitectura neocolonial, entre
cuya obra destaca la casa Fari (1914) de
Rafael Marquina, y el arzobispado de Lima
(1916) de Jaxa Malachowski, quizá
porque no entraba en contradicción
con la corriente mayoritaria de inspiración
norteamericana, pues coincidía con
el mision style, muy utilizado en Estados
Unidos en las mansiones californianas.
La otra tendencia del historicismo
peruanista será el neoprehispánico,
del que quedan pocos ejemplos en Lima (Lince
y Jesús María), además
del espectacular Museo de la Cultura (avenida
Alfonso Ugarte). Paralelamente hay ejemplos
más populares dentro de esta misma
línea, como la arquitectura denominada
neoandina que popularizó las casas
con tejados con pendiente y cubierta de
tejas, sólo justificados estéticamente,
pues la climatografía de Lima no
los hace necesarios, y de la que es el principal
exponente Alfredo Benavides; y la arquitectura
neoperuana, una especie de fusión
entre el neocolonial y el neoprehispánico,
defendida por el arquitecto Manuel Piqueras
Cotolí, autor de la fachada de la
Escuela de Artes, de configuración
barroca pero con elementos decorativos iconográficos
precolombinos (1920-1924) (Imagen
8. Museo de la Cultura).
La década siguiente, la de 1930,
no continuará por los mismos derroteros,
pues el gobierno del general Óscar
Benavides paralizará los grandes
proyectos en post de una arquitectura art
déco de bajo coste para viviendas
obreras, la llamada arquitectura buque,
inspirada en las formas y decoraciones navales,
y finalmente la llegada del protoracionalismo
de base compositiva académica.
Questo articolo si
cita: J. Feliu
Franch, La
ciudad de Lima en el contexto de la evolución
urbanística latinoamericana en el
siglo XIX, «Storicamente»,
2 (2006), http://www.storicamente.org/05_studi_ricerche/02franch.htm
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